MEDITERRÁNEO: NODRIZA DE ASEGURADORES
Manuel Maestro
Al contrario de lo que por boca del piloto Foción dice Álvaro
Cunqueiro en “Las mocedades de Ulises”, que “a los
que vivimos en el Océano, lo que más nos gusta de la navegación
es llegar”, yo, que soy marino frustrado, estoy totalmente de
acuerdo con Robert L. Stevenson que decía que “viajar lleno
de esperanza es mejor que llegar”. De vuelta de un crucero por
las islas griegas, que me ha sabido a poco y me ha gustado mucho, me
siento igual que Zorba: “dichoso como al que antes de morirse
le haya sido dado navegar por las egeas aguas...En ninguna otra región
pasa uno tan serena, tan fácilmente, de la realidad al ensueño”.
Exageraría si escribiese, como el autor de “El coloso de
Marusi”, que sentí el deseo de bañarme en el cielo,
librarme de la ropa, correr y, de un salto, sumergirme en el azul. Sin
duda, mi mujer y compañeros de viaje me hubieran dejado solo
al primer síntoma de esta incipiente locura.
Grumete de la pluma he disfrutado siguiendo los senderos de agua de
los primeros héroes literarios construidos por los griegos, recordando
la mitología y los hechos de sus dioses, auténtico laberinto
en el que uno siempre se pierde. Como piloto experto en las complicadas
corrientes y mareas de la “letra menuda”, he gozado rememorando
la huida de los griegos que se hicieron viajeros a la fuerza, convirtiéndose
no solo en los mejores marinos de su tiempo sino también en hábiles
comerciantes que transportaron sus mercancías a todos los confines
del mundo entonces conocido. Y de la necesidad económica, nacida
de los riesgos de ese trasiego por el Mediterráneo, surgió
el seguro.
Sería difícil discernir entre la belleza y encantos de
playas, ensenadas, construcciones o vestigios arqueológicos contemplados;
pero no tengo duda ninguna del interés que, como fabricante de
éstas peculiares píldoras, ha tenido para mi la visita
a la isla de Rodas. Su nombre es sobradamente conocido por el famoso
Coloso, erigido en honor del sol, bajo cuyas piernas abiertas cruzaban
los barcos para ganar el abrigo del puerto, y que con el paso del tiempo
se ha convertido en su fantasmal seña de identidad. De lo que
no hacen referencia los guías de turismo, siempre ávidos
a que compres alfombras o vasijas de cerámica, es a que Rodas
fue una verdadera potencia naval en la época clásica que
ha pasado a la Historia por sus leyes marítimas. Su comercio,
que comenzó a florecer nueve siglos antes de Jesucristo, llegó
a su máximo esplendor hacia el año 408 de esa misma era,
en la que su derecho marítimo dominó el Mediterráneo
y fue aceptado incluso por Roma, entre cuyas leyes de procedencia rodia
cabe citar la “lex rhodia de jactu”. En la recopilación
de las leyes de Rodas publicada en el siglo VIII, conocida con el nombre
de “Las basiliscas”, ya se legisló sobre la avería
común y el seguro mutuo. “Los propietarios del buque, dice,
formaban a veces parte de la dotación del mismo, eran al mismo
tiempo dueños del cargamento y todos iban a bordo, y como los
peligros eran enormes, surgió entre ellos la idea de asegurarse
mutuamente”.
A pesar de que de las leyes de Rodas no se conoce más que los
fragmentos recogidos en el Digesto, no hay duda de que fueron la base
del Derecho mercantil de Atenas, del cual existen noticias ciertas y
exactas, gracias a los discursos de Demóstenes. No puede afirmarse
que por ésta ley del derecho marítimo ateniense se establezca
un seguro, de las características de los actuales; pero no puede
negarse que en esta pieza legislativa se contienen los elementos necesarios
para la constitución de un seguro: solidaridad entre determinado
número de personas – los cargadores expuestos al mismo
riesgo- exigiéndose el reparto o distribución entre ellas
de la pérdida o perjuicios resultantes de un siniestro. Langle
recalca que la “lex rodhia de jactu” es un monumento legal
del Derecho mercantil calificándola de código universal
de los mares hasta la Edad Media, y en la que se reconocieron y aplicaron
los principios jurídicos del seguro. Es evidente que fue en ese
mar dónde sucedió el milagro del nacimiento del seguro,
en el Mediterráneo, por eso podemos llamarle nodriza de todos
los aseguradores.
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